Cambia el universo, pero no el juego. Eso mismo pasó el otro día cuando fui a jugar Muro al polideportivo. Ese día llegué como de costumbre a los Muros contiguos al coliseo, cuando, oh sorpresa, me di cuenta de que estaban en clase. Me quedé sin muro para jugar.
Salí a dar una vuelta sin saber cómo ocupar mi tiempo recreacional, hasta que se me ocurrió entrar a la cancha de fútbol, caminé, la vi, andé pa’ aquí y pa’ allá, recordé mis épocas de fútbolistas, el peor fútbolista. Aún tenía la raqueta y con las pelotas algo podía hacer. Exploré un juego de raqueta sin muro y sin contrincante, o sea, jugar
contra la gravedad. Empecé a jugar a que la pelota rebotara sobre mi raqueta
hacia arriba sin dejarla caer, tocaba correr, por supuesto, pues rara vez la
trayectoria de regreso se parecía a la de subida, dibujando una parábola de
función:
Esto proyectó en mi cerebro hacia otra idea:
darle vueltas corriendo a la cancha rebotando la pelota, en el mismo ejercicio,
sin dejarla caer y que no pare de colisionar con la raqueta. Una trayectoria
definida le daría, por supuesto, mejores características de disciplina deportiva.
Empecé la marcha, nunca me cansé de correr, más bien si se me cansaba el brazo, debía cambiar. Poco a poco el juego fue tomando forma y la diversión llegaba.
Di una sola vuelta.
Salí rumbo a mis aposentos y pasé por el
skatepark, ese lugar de superficies curvas hecho para rodar patinetas y patines
podría también servir para que rebotaran pelotas de tenis. Entonces agarre de
muro la rampa más alta. La función que convertía un muro plano a 90 grados de ángulo
en un muro curvo propuso una ecuación exponencial. Empezó la partida, rebotes
extraños recién conocidos, el universo había cambiado, pero el juego era el
mismo.
Analicé la superficie de la rampa del
Skatepark, trataba yo de descifrar la incógnita, el exponente de la potencia,
ese esquivo pero obvio resultado que daba forma a la rampa. La diversión llegó
de sobremanera cuando entendí lo siguiente:
Golpe abajo de la rampa aumenta la probabilidad de rebote a 90 grados del punto de contacto. Golpe superior lo
bajaba a escasos 15 grados, muy cerca, por supuesto, del fin de la rampa y el
comienzo del abismo. Abismo al que se fue varias veces la pelota y tuve que ir
a recogerla.
Así se pasó tan entretenida tarde, hasta la
tercera vez que se me fue la pelota al abismo. Cuando regresaba a mi nuevo
universo, me esperaba nada más ni nada menos que el celador, ese personaje que
te mira con la certeza de que tiene el poder, que hagas lo que hagas, en ningún
momento harás que cambie de opinión. Entonces procedí a explicarle que ese día
el muro estaba ocupado y tuve que inventarme dos nuevos juegos. Darle vueltas a
la cancha de fútbol pegándole a una pelota de tenis con la raqueta, sin que se
caiga, procurando avanzar en una dirección definida; y el segundo, este último,
un nuevo universo para el Muro, el skatepark, juego que me explicó de manera
muy clara porque cambiar el universo no implica necesariamente cambiar las
reglas del juego, aunque es lógico que lleve a ello.
Lo cierto es que el celador, amparado en la
sagrada ley que le dice para qué es cada espacio en el polideportivo, no le
gustó de a mucho que estuviera jugando Muro en el skatepark y obviamente me
pidió el favor, muy respetuosamente, que mejor no lo hiciera, pues muchos
estaban mirando y estaba siendo un ejemplo de comportamiento desviado para la
audiencia del polideportivo.
La moraleja puede ser que cuando el
universo cambia lo hace en todo sentido, no solo donde necesitamos, o queremos,
sino también donde no lo comprendemos y el skatepark es una metáfora de eso, de
aceptar cuando el universo cambia. Estoy seguro de que acabo de descubrir un
nuevo deporte, y es muy divertido.