martes, 9 de junio de 2026

Que mierda

La interdisciplinariedad ni la transdisciplinariedad sirven. No caigan en la misma trampa en la que caí yo.

A pesar de que las revistas están llenas de artículos que nos hablan de la importancia de integrar conocimientos, de pensar primero en los problemas y no en las teorías, de atreverse a diseñar métodos que transformen la sociedad en lugar de producir las mismas recomendaciones de siempre, la realidad funciona de otra manera.

De nada vale haber vivido con los indígenas si quien teorizará sobre ellos será quien tiene un posgrado en antropología. De nada vale demostrar que es posible romper los moldes proponiendo métodos performativos que cruzan el teatro, el juego y la antropología, si el puesto terminará ocupándolo quien simplemente sabe hablar de etnografía porque leyó a Malinowski.

No caigan en la misma trampa en la que caí yo. Sean disciplinarios. Cumplan con las teorías antropológicas como dicta la tradición que nos enseñaron. No se salgan del libreto.

Qué frustrante resulta quedar por fuera de tantas convocatorias. Ser un sociólogo que hace revueltos antropológicos, ambientales y performativos parece una afrenta para la academia. Parece que la creatividad, la experimentación y el cruce de fronteras disciplinarias son celebrados en los discursos, pero castigados en la práctica.

Qué triste estoy. El tiempo pasa y siento que quizá no podré cumplir con esa misión que llevo en el pecho. La sociedad no paga por eso. Seguiré arañando pequeñas oportunidades que me permiten recorrer lugares, como una especie de curiosidad exótica que vale la pena observar durante un rato, pero que después es mejor que desaparezca. No vaya a ser que las estructuras viejas, conocidas y aburridas —esas mismas que cada vez resultan menos atractivas para los jóvenes— terminen tambaleándose.

Qué mierda.

miércoles, 3 de junio de 2026

Cambia el universo pero no el juego

Cambia el universo, pero no el juego. Eso mismo pasó el otro día cuando fui a jugar Muro al polideportivo. Ese día llegué como de costumbre a los Muros contiguos al coliseo, cuando, oh sorpresa, me di cuenta de que estaban en clase.  Me quedé sin muro para jugar.

Salí a dar una vuelta sin saber cómo ocupar mi tiempo recreacional, hasta que se me ocurrió entrar a la cancha de fútbol, caminé, la vi, andé pa’ aquí y pa’ allá, recordé mis épocas de fútbolistas, el peor fútbolista. Aún tenía la raqueta y con las pelotas algo podía hacer. Exploré un juego de raqueta sin muro y sin contrincante, o sea, jugar contra la gravedad. Empecé a jugar a que la pelota rebotara sobre mi raqueta hacia arriba sin dejarla caer, tocaba correr, por supuesto, pues rara vez la trayectoria de regreso se parecía a la de subida, dibujando una parábola de función:

   


Esto proyectó en mi cerebro hacia otra idea: darle vueltas corriendo a la cancha rebotando la pelota, en el mismo ejercicio, sin dejarla caer y que no pare de colisionar con la raqueta. Una trayectoria definida le daría, por supuesto, mejores características de disciplina deportiva. Empecé la marcha, nunca me cansé de correr, más bien si se me cansaba el brazo, debía cambiar. Poco a poco el juego fue tomando forma y la diversión llegaba. Di una sola vuelta.

Salí rumbo a mis aposentos y pasé por el skatepark, ese lugar de superficies curvas hecho para rodar patinetas y patines podría también servir para que rebotaran pelotas de tenis. Entonces agarre de muro la rampa más alta. La función que convertía un muro plano a 90 grados de ángulo en un muro curvo propuso una ecuación exponencial. Empezó la partida, rebotes extraños recién conocidos, el universo había cambiado, pero el juego era el mismo.

Analicé la superficie de la rampa del Skatepark, trataba yo de descifrar la incógnita, el exponente de la potencia, ese esquivo pero obvio resultado que daba forma a la rampa. La diversión llegó de sobremanera cuando entendí lo siguiente:

Golpe abajo de la rampa aumenta la probabilidad de rebote a 90 grados del punto de contacto. Golpe superior lo bajaba a escasos 15 grados, muy cerca, por supuesto, del fin de la rampa y el comienzo del abismo. Abismo al que se fue varias veces la pelota y tuve que ir a recogerla.

Así se pasó tan entretenida tarde, hasta la tercera vez que se me fue la pelota al abismo. Cuando regresaba a mi nuevo universo, me esperaba nada más ni nada menos que el celador, ese personaje que te mira con la certeza de que tiene el poder, que hagas lo que hagas, en ningún momento harás que cambie de opinión. Entonces procedí a explicarle que ese día el muro estaba ocupado y tuve que inventarme dos nuevos juegos. Darle vueltas a la cancha de fútbol pegándole a una pelota de tenis con la raqueta, sin que se caiga, procurando avanzar en una dirección definida; y el segundo, este último, un nuevo universo para el Muro, el skatepark, juego que me explicó de manera muy clara porque cambiar el universo no implica necesariamente cambiar las reglas del juego, aunque es lógico que lleve a ello.

Lo cierto es que el celador, amparado en la sagrada ley que le dice para qué es cada espacio en el polideportivo, no le gustó de a mucho que estuviera jugando Muro en el skatepark y obviamente me pidió el favor, muy respetuosamente, que mejor no lo hiciera, pues muchos estaban mirando y estaba siendo un ejemplo de comportamiento desviado para la audiencia del polideportivo.

La moraleja puede ser que cuando el universo cambia lo hace en todo sentido, no solo donde necesitamos, o queremos, sino también donde no lo comprendemos y el skatepark es una metáfora de eso, de aceptar cuando el universo cambia. Estoy seguro de que acabo de descubrir un nuevo deporte, y es muy divertido. 

martes, 2 de junio de 2026

Scaling in

 Águila seis, Luna Cristal cuatro.

Son tantas las cosas que pasan por mi cabeza, que excuso hasta el tiempo y empiezo mis escritos con frases innecesarias, evadiendo la posibilidad de sintetizar mis sentimientos, pues explotan en mi interior. El tema electoral, la situación del Refous y mi idilio en Cogua.

No sé por dónde empezar.

Quizá diciendo que me duele cuando nos dejamos enfermar por la política, o preguntándome de que manera se están renovando los aires del Refous. Sea lo que sea, hay que mantener la tranquilidad y aceptar el destino que recorro: aprender, florecer, vivir, gozar. Hacer mi taller de impro, eso es lo que debe guiar el viaje.

Quizá con eso me pueda dar por bien servido. Pero me gustaría ayudar y creer que ese lugar que siento propio, esa historia llamada Refous, se va a salvar de la desaparición. No sé cómo ni qué en concreto pueda hacer, quizá jugar al Inspector Gadget y, de pronto, algo pasa y se endereza la cosa. No sé. Solo Dios sabe. 

Lo mismo podría decir del tema electoral: que pase lo que sea y decidir sobre ello. Yo seguiré haciendo mi trabajo. Me duele ver los chats y sentir los corazones coléricos, listos para hacer aquello que mi tío Weber nombraba como la usurpación del monopolio del uso de la violencia. La cual conjuro mantener alejada de mi corazón y de mi familia.

Pero es natural, diría el doctor Julio Moreno. En el universo todo es natural. Las cosas solo tienen sentido en el mundo de los humanos y su imaginación. Quizá. Tampoco estoy seguro.

En fin, seguiré escribiendo, dejando que la energía derrame la tinta y dibujos inentendibles. Si tiene que ser así, así será, y será divertido, provechoso, virtuoso y, como el calendario ecológico, abundante.

La mirada se pierde y el esfero se detiene. Parece que no quiere expandirse, sino más bien contraerse, semejando una escritura que se hace hacia adentro, scaling in, recogiendo lo ya dicho, acortando el curso del tiempo desde cero hacia atrás.