martes, 9 de junio de 2026

Que mierda

La interdisciplinariedad ni la transdisciplinariedad sirven. No caigan en la misma trampa en la que caí yo.

A pesar de que las revistas están llenas de artículos que nos hablan de la importancia de integrar conocimientos, de pensar primero en los problemas y no en las teorías, de atreverse a diseñar métodos que transformen la sociedad en lugar de producir las mismas recomendaciones de siempre, la realidad funciona de otra manera.

De nada vale haber vivido con los indígenas si quien teorizará sobre ellos será quien tiene un posgrado en antropología. De nada vale demostrar que es posible romper los moldes proponiendo métodos performativos que cruzan el teatro, el juego y la antropología, si el puesto terminará ocupándolo quien simplemente sabe hablar de etnografía porque leyó a Malinowski.

No caigan en la misma trampa en la que caí yo. Sean disciplinarios. Cumplan con las teorías antropológicas como dicta la tradición que nos enseñaron. No se salgan del libreto.

Qué frustrante resulta quedar por fuera de tantas convocatorias. Ser un sociólogo que hace revueltos antropológicos, ambientales y performativos parece una afrenta para la academia. Parece que la creatividad, la experimentación y el cruce de fronteras disciplinarias son celebrados en los discursos, pero castigados en la práctica.

Qué triste estoy. El tiempo pasa y siento que quizá no podré cumplir con esa misión que llevo en el pecho. La sociedad no paga por eso. Seguiré arañando pequeñas oportunidades que me permiten recorrer lugares, como una especie de curiosidad exótica que vale la pena observar durante un rato, pero que después es mejor que desaparezca. No vaya a ser que las estructuras viejas, conocidas y aburridas —esas mismas que cada vez resultan menos atractivas para los jóvenes— terminen tambaleándose.

Qué mierda.

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