2006
Después de componer la canción de Alibabá y de una noche de porros, he llegado a Barranquilla, en un avión de Avianca, y a un hotel con cerradura electrónica. La empresa que contrató mis servicios se llama Yanhas. Estudian mercados y, al parecer, han entendido lo explotable que podría ser el ojo de un científico social: vender más, conocer la mente humana, descubrir la lógica absoluta del consumo o simplemente persuadir a partir de una mirada que analiza según conceptos que ella misma elabora.
Aún es para mí un misterio saber qué es lo que la empresa quiere de nosotros. Sin embargo, no es difícil descubrirlo en parte.
Llegada a la tienda
Llegamos a la tienda por medio de un señor taxista que Diana había conocido en una visita pasada. Lo contactamos y le pedimos el favor de ubicarnos de manera dispersa en las tiendas en las que íbamos a trabajar. Dejamos a Claudia, una niña consentida de las alturas cachacas. Luego llegamos al barrio La Victoria, donde Manuel me presentó.
Él estaba interesado en que algún conocido suyo se quedara con los bonos de Sodexo que ofrecíamos al tendero dispuesto a colaborar. Por eso nos llevó donde Germán y Ani, una pareja con un hijo y una hija que tienen una tienda desde hace muchos años. Viven en un barrio de casas sencillas, algunos balcones y arquitectura más o menos reciente. Las casas están pintadas de diferentes colores y en las horas de la tarde la gente se sienta al frente de sus casas. El señor no parece ser barranquillero; la señora sí lo es.
Lo primero que pasó en la tienda fue que la señora me preguntó si yo era gay. Inmediatamente todos se rieron y dijeron entender que todo el tiempo se 'mama gallo” entre la gente de la costa. Por razones familiares y vivenciales lo sé: se gasta mucha energía vacilando con el cuento de los gays y los maricas.
Hace un mes, en la Séptima en Bogotá, un barranquillero se ofreció a hacerme sexo oral, y siempre he intuido que el tema del homosexualismo en la costa es algo cotidiano. ¿Cómo lo tratan? ¿Por qué hablan tanto de eso? ¿Cuál es su sentido? ¿Dónde dejé el porro?
Una señora vestida de negro llega a la tienda. Me presentan con ella y siento que tiene interés en hablar conmigo. Me contó que Barranquilla es el mejor vividero de todos y que, a pesar del daño que le hizo el sicariato paisa, todo estaba muy bien en su barrio.
La tienda es atendida básicamente por la familia, y hay un señor que les ayuda. Esa tienda la tienen hace unos once años, porque antes la tenían en otro lado.
Hoy tendré la primera observación detallada en la cual me enfocaré en lo siguiente: mejorar la confianza mutua, hacer olvidar lo de los bonos, observar y escuchar el momento de la venta-compra en el barrio y en la tienda.
La tienda, como proveedor de bienes y servicios, maneja una racionalidad particular donde no sólo se lleva a cabo un intercambio desde el punto de vista puramente económico, sino que se inserta en una cierta lógica de la vida del barrio. ¿Qué otro tipo de intercambios se llevan a cabo?¿Cómo sostener la tienda como parte del sentido del barrio y ésta frente a la ciudad?
Don Germán tiene unos proveedores. A algunos les paga a crédito y a otros de contado. El crédito se lo da el granero, a quien le pide una gran diversidad de artículos. Los abarrotes, más exactamente, los señores del granero dan crédito y conocen a Don Germán, quien también da crédito a muchos vecinos.
Él los conoce, conoce sus oficios. Muchos son pensionados. Don Germán sabe cuándo les han pagado y cuándo no. Usa metáforas como: si viene a pie, no le han pagado; si viene en carro, ya le pagaron.
Don Germán es barranquillero, pero de familia santandereana. El elemento identitario se hace bastante evidente y consciente dentro de la mentalidad de los barranquilleros. Las tiendas son de los santandereanos, los paisas le dan al comercio y los rolos a las empresas. Eso dice Don Germán.
Hablé con Elodia, una señora de unos 60 años, recién llegada al barrio, de padres antioqueños y santandereanos. Ella comparaba algo muy interesante con Venezuela. Allá una botella cuesta un bolo y cuesta lo mismo en todas las tiendas, sin importar el estrato del barrio. Acá cuesta más o menos dependiendo del estrato.
Luego me di una vuelta por el barrio. Encontré gran cantidad de reuniones en las esquinas: jóvenes al frente de las casas jugando cartas.
Aún no he podido entrar a la casa. Debo ser paciente y consistente hasta que ellos me inviten. No quiero ser impertinente ni causar demasiada conmoción en la vida de la familia y en las dinámicas de la tienda.
La economía del menudeo es la más habitual en el manejo de las tiendas. No se venden productos en grandes volúmenes, únicamente para Navidad. Germán pide algunos productos en volúmenes grandes, pero de resto se venden en pequeñas porciones. Algunos productos ya vienen embolsados en presentaciones pequeñas; otros los embolsa el propio Germán, como el aceite.
¿Quién siente más calor?
¿Una persona que sale de su casa con aire acondicionado, se monta en un carro con aire acondicionado, se baja y entra a un cajero con aire acondicionado, llega a un supermercado con aire acondicionado, juega squash con aire acondicionado y luego va al gimnasio con aire acondicionado?
¿O una persona que duerme bajo un abanico, va al trabajo en bus público y atiende el mostrador de una tienda en un barrio comercial del centro donde el calor humano se mezcla con los rayos incandescentes del sol?
¿Quién?
Yo creo que el primero.
Pero eso aquí no importa tanto. Lo importante es que los artefactos inventados para subvertir la temperatura se convierten en indicadores culturales de cómo se experimenta el calor en un territorio específico como Barranquilla. Se pueden observar los artefactos y sus posiciones dentro de los lugares.
Luego de la racionalidad temperatural, ¿qué hay en lo consciente o en lo inconsciente? ¿Cuál es su relación estereotípica con el lugar, los colores, la experiencia del calor y la identidad respecto al territorio?
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