Serpiente 9, luna autoexistente 28, 14.11.07
Del cuaderno de colores de las Australasias
Siguiendo el cuento de eso que se llama la observación empírica, ayer a una mujer le preguntaron por su sello solar en el calendario maya. Ella respondió que era serpiente, o algo así. Luego dejó ver su descontento con el sello, pues al parecer no quiere ser una serpiente.
Este pequeño episodio abre paso a los menesteres explicativos y comprensivos de eso que se llama la teoría. Nos cuenta algo sobre una especie de marketización de los creeres, o, dicho de otro modo, sobre la libre escogencia de las religiones.
Se dice que el mundo moderno ha llegado a un punto en que la espiritualidad se mira como en un supermercado, donde hay cristos, mayas, budas y hasta demonios. Y como se parte del principio económico de la maximización del beneficio, cada quien toma el que más le guste, guiado por principios que pueden llamarse racionales o simplemente caprichosos.
Ante dicha observación, y mirándola a través del lente de la destinología, se concluye que, como en todo aquello que se mira con los ojos de la libertad inculcada por la lógica del mercado, la espiritualidad se vuelve mercancía y se vacía de significado. Solo importa consumir antes que sentir y, en algunos casos, entender únicamente para controlar lo mismo por lo mismo, es decir, el mundo terrenal.
Detrás de tanta oferta y aparente racionalidad está la demanda. No hay mucho más que eso que se ha llamado el desencantamiento de la experiencia de vivir, de conocer y de respirar.
Se cree, entonces, que cualquier capricho religioso termina atentando contra lo innombrable mismo, imprimiéndole la misma lógica del marketing.
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