(2011)
¿Qué es escribir?
¿Qué es escribir?, preguntaría el filósofo, mientras se relame un heladito o algo así; nos pone de primeras la pregunta sobre la cuestión de plasmar en un papel, o en una pantalla de computador, una energía que, como toda energía, es vida, es génesis y fin de sí misma, imagen divina de Dios. A la escritura se le puede ver de muchas formas; se habrá escrito mucho sobre ella y quizá esto es parte de ese bulto, que de seguro seguirá creciendo mientras el hombre corre a aprender a usar sus virtudes, las cuales se estimulan de sobremanera cuando en la simpleza del pensamiento está la respuesta. No soy un escritor, pero escribo sin terminar, porque si algo he disfrutado de este arte desde que lo conozco es ser libre desde sí mismo, pues lo que se escribe es parte constitutiva y viva del cuento del que somos parte.
La escritura se hace consciente e inconscientemente; la conciencia no es el recuerdo o el intelecto, no es realmente ese proceso de crítica que se vanagloria en las universidades, ni la ciencia que estas instituciones predican, así que la siguiente buena noticia es que para escribir no se necesita más que saber las letras que le corresponden al abecedario y saberlas conjugar, o conjurar, como yo prefiero llamarlo en este cuento. Cuando escribimos surge una diversidad de conjuraciones; el ser se expresa, algo deja ahí que no se ha terminado de decir, y en eso el doctor Freud lo decía claritico, que obedece a una sensación de paso, a un peregrinaje, a un compromiso espiritual, pues estas son las vibraciones en los chakras.
Betty nos mostraba en la sala de su casa un libro de física que muestra el prisma, y nos dice que ahí está el orden de las energías y un punto de investigación muy emocionante para la ciencia. Me imagino ahora uno de esos manes que dibujan con sus chakras, un rayo de tonos de luz ascendentes; alguna vez pude ver el de Betty, que era violeta, y revoloteaban muchos colores; eso se logró cuando hicimos unos ejercicios de estimulación del tercer ojo. La energía violeta está en el chakra corona; el prisma ahí sigue su orden y genera puntos luminosos desde su corona hasta los genitales; sobre cada punto surge una luz, siguiendo la misma secuencia de tonalidades del arco iris, o sea, un prisma atravesando todo su cuerpo. Cada color es una vibración, tiene sus características; no es lo mismo la azul que la violeta; en esa variedad de colores, que son los mismos que los que se ven en el arco iris en cualquier parte del mundo, está la unidad y una esencia de nuestro espíritu; eso le muestra a uno Betty cuando hablamos en su casa; entonces, siendo un poco retórico en pos del hilo de esta charla, la escritura también contiene los colores del arco iris; podría irme con muchos pasajes para decirles lo que Cucunubainas resaltaba del evangelio de Juan.
Echémosle cabeza porque el apóstol Juan escribe en el principio lo siguiente:
“Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Ella existía al principio junto a Dios.
Todo existió por medio de ella,
y sin ella nada existió de cuanto existe”.
Cuando se escribe se marca un camino de vibraciones o maneras lingüísticas que son el objeto de estudio para académicos e intelectuales, dando cuenta de una especie de genética de las emociones desde una relación puramente cuántica. Otros podrían hablar que escribir es como observar el perfecto orden de las estrellas, el cual, así no entendamos a ciencia cierta, ahí está y es parte de nosotros, responsabilidad de nuestros pensamientos y deseos.
Lo bueno y lo malo están presentes en el hombre mismo; por supuesto, no deja de ser natural en el curso de sus cosas; hay que correr por algo como el mercado o a la cita, se asiste a matrimonios bajo distintos credos, hay un propósito y una fe, hay necesariamente un mensaje. El que escribe escapa, sí que sí, del mundo, de sí mismo, de los Power Ranger o de la razón; prefiere quizá sentir, vivir y disfrutar como un mismísimo regalo de la creación y, como parte de esta, le ha sido otorgado un don: escribir.
¿Cuál será el mensaje que vamos a pensar cuando nos disponemos a digitar las palabras de nuestros dedos? Un montón de puntos de información empiezan a caer tras el arrastre del papel, que con un lápiz construye el dibujo del camino y la realidad que se nos presenta. Es lo divino, es Dios quien está en control. A veces no es fácil aceptar que lo que está al frente es fiel reflejo de nuestro interior y, en el florecimiento de sus componentes, puede estar la posibilidad de un mundo mejor para todos. Se puede incluso hablar con lo que uno escribe y debatirse a sí mismo: por ejemplo, a mí no me gusta esa forma de pontificar con las cosas hasta tal punto que se produzca la afectación, y el guaimarón que en este momento se encuentra tipeándoles letras se excusa con usted, apreciado leyente, quien seguramente merece estar al lado de los grandes como Don Quijote y Sancho Panza.
La humildad de la palabra es lo más importante, más que las maravillas de las ideas; una palabra es un pensamiento concreto, es una actividad; se usa como grabación e interpretación del mundo que se habita, la materia prima de manes que, como Bourdieu, agota en todos sus análisis, y que escribió muchos libros y muchos artículos de cada actividad o fenómeno social que veía: ver televisión, comprar, caminar, respirar, oler, jugar, casarse, y yo no sé cuántas más frituras habrá estudiado don Bourdieu. Pero siendo eso no más que un ejemplo de lo que les vengo a decir, déjenme seguir, con su permiso.
La escritura conjura, eso lo dije en el anterior texto, lo hace; su acto posee el dispositivo numérico de la radiancia solar para ser conciencia y transformación. El fuego, el aire, el agua, la tierra son elementos genéticos de la materia, y el éter, un principio sencillo sobre el cual se esconde la naturaleza; qué es la naturaleza, qué es el ser humano, qué es un animal, una piedra, un árbol, la alimentación, la reproducción, la organización, la investigación, qué es todo eso; no es, afortunadamente, el tema de esta clase magistral que la hago ahora mismo como investigador invitado en la Nimbin University of Australia.
Escribir, muchachos, es como una especie de licencia para exorcizar y explorar el interior con libertad; se pasan por diferentes estados de ánimo: cordura, jolgorio, recochología, seriedad y letoquiticológico, es decir, de aquellos que adoptan escrituras con estas influencias. Eso que llaman género, sea romántico, épico, romancero, posmoderno o guaimaronero, no es más que un método de invocación de los infinitos elementos, entre desconocidos y conocidos, que puedan haber; dirían los antropólogos que escribir tiene una connotación ritual y se debe ser siempre lúcido para vislumbrarlo en el astral o zona áurea, y esa elevación y devoción por rituales es en esencia capaz de proyectar una imagen construida y aceptada como real, como la salvación y el amor.
En fin, los antropólogos nos ayudan a entender que hay que estar en la jugada cuando se va a escribir; seguramente los psicólogos nos citarían un estudio sobre la relación de la personalidad con el género literario que se representa en su pluma, y así como sociólogos que argumentan que los clamores nacionales también pueden estar siendo en la música, por universales que parezcan.
Sin saber muy bien ni tener claro por qué la cosa a veces toma unos caminos problemáticos o conflictivos, quizá se pueda imaginar como parte de un proceso de creación académica, pero escribir es, ante todo, un acto de fe que está por encima de atributos o relaciones de no sé qué cosas de la escritura. Se pueden pasar momentos duros escribiendo y evocar en el lector una sensación de melancolía, una activación de chakras en una combinación genética particular, tal como los juegos de los cuales gustan mucho genetistas para marcar trazas de existencia de la vida sobre la tierra. Agradecer al creador a la hora de escribir, preguntarle y darle gusto, pues de otra manera se puede extraviar lo que bien se escribe y con tanto corazón.
El aventurero es quien sale de campaña a tierras desconocidas, porque en sí no puede parar un ímpetu de conocer muchas culturas, caminar diferentes valles, conquistar muchos corazones y con buena vibra en el andar. Cuántos aventureros existirán no lo sé; de la aventura que yo les pueda contar no me queda decir que sucedió todo sin darnos cuenta; un día hablamos y nos dijimos por qué no le hacíamos a nuestro grupo Los Mozzarella y lo hicimos. No digo que somos los reyes de la comedia, pero sí nos divertimos cuando lo hacemos.
Y volviendo al tema que se nos traía a colación —la escritura—, muchas posiciones se encuentran en sus posibilidades. Como todo campo de lucha, tiene sus bandos del uno y del otro, y las luchas por el poder se evidencian en los autores que nos dejaron pruebas de ellas. Es escribir, desde algún lugar, con alguna gana de escribir, con intención, con espíritu. Tal es el caso que se encuentra incluso en prácticas como el clowning, donde la expresión revela tensiones más profundas de lo que parece.
Un texto me traigo a colación: El Último Paradigma, del best seller Alkalawi de las Cucunubainas, quien, en mucho redundar, sí que se pone a hurgar sobre cómo los intelectuales y académicos, en su escritura, pueden convertirla en un arma de homicidio. Así como en las películas de Hitchcock siempre hay un homicidio, para Alkalawi de las Cucunubainas siempre hay un asesinato de la palabra:
“…ese lugar a donde se enseña el intelectualismo, a donde se producen los que dizque inteligentes de la nación, a veces no actúa de otra forma que como un homicida de la escritura, confundiendo el considere con la ilusión del saber y la libertad, parafraseando sin sentido un intelectualismo que llena hojas pero no dice nada, en la que todo lo que simplemente es, es objeto del más frío y aburrido esquema de escritura que no tiene nada que ver con la escriturología.”
Este comentario, de orden fanático y purista, deja ver que a este pobre guaimarón lo acechaba una contradicción: la que existe entre los que defienden la escritura y los que defienden la escriturología. Cucunubainas analiza el campo del saber como una serie de órdenes académicos a los cuales se presentan los peores análisis de los peores textos: “yo te cito, tú, ella, él, nosotros, ustedes nos citan”, repartiéndose medallas y contradiciendo lo que no tiene importancia, con acento francés, inglés o alemán, que denote que la beca sí dio para pasear; como en la conferencia que dieron unos ejecutivos de la compañía Bourdieus’ SAS, ejecutivos de cartera en torno a lamerle las pelotas a un ser humano como si tuviera poderes sobrenaturales.
Cucunubainas da cuenta, quizá, de una distinción categórica como la expuesta por Maffesoli cuando nos habla de la tensión (Luz Teresa, clase de sociología, 2002) entre la identidad y la identificación. Supongo que en el primero yo digo: “Soy un intelectual”; en el segundo: “Mami, yo quiero ser intelectual”. Con la tía discutíamos alguna vez la razón de por qué no hacer preguntas como:
“Señor Maffesoli, ¿por qué usted habla tanto del postmodernismo
y se viste tan medievalmente?”
Maffesoli vestía un corbatín en sus conferencias de la Universidad Nacional, esa fría noche de lluvias en que nació “El Vlok”. Al parecer, mi estimado amigo de corbatín y apariencia chistosa, en el hablar no escatimó en artilugios a la hora de esconder lo que venía a decir, y no sé si lo dijo, pues salí a la mitad.
Bourdieu, obviamente, habló de la escritura —no sé en qué libro—, así que busqué azarosamente en el programa de archivos de mi PC y salió esto, sin mucho esfuerzo ni método:
“…Mientras que el principio de imparcialidad es obvio en el plano metodológico y no ha planteado realmente ningún debate, los filósofos han debatido mucho acerca del sentido preciso y la validez del principio de simetría. Finalmente, el principio de reflexividad no desempeña, en realidad, ningún papel en los estudios de casos, y solo ha sido tomado realmente en serio por Woolgar y Ashmore, que, en consecuencia, se han visto obligados a estudiar en mayor medida la sociología de las ciencias y sus prácticas de escritura que las mismas ciencias.”
¿Qué quiso decir con esto Bourdieu? No lo puedo comprender, solo hasta que le ofrezca unos segundos de concentración… En su aseveración, que hemos leído y meditado un poco, vemos que ese séquito de científicos, que parece una orden científico-religiosa, funciona como esos grupos donde el iluminado es el best seller, o el más confundido de todos es el gran jefe y líder. Su nombre es: Cyberroberto. Este señor vive por poseer todo el conocimiento, como lo hace Lex Luthor en la serie Smallville, buscando el secreto de una verdad para convertirse en eso, desafiando, por supuesto, a lo mismo que nos dice Bourdieu cuando habla de esos académicos que se han dado el tiempo de estudiar no solo la ciencia, sino la sociología de la ciencia.
Sipote cosa parece ser este problema: hemos caído en el mismo error que Cucunubainas y Bourdieu tanto señalan, complicar el camino cuando simple puede ser.
Así que, mis estimados amigos que algún día quieran escribir, con este tono de pobre viejecita les aconsejo hacerlo con amor, lo que es siempre más importante para poder transformar la realidad en que vivimos.
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