(2014)
Por el solo placer de hacerlo, por el solo sentido de la deslización concomitante sobre los puntos palabrísticos del considere, sin confucionología, pero con algo de locura —la justa y necesaria—, pues imagínese que todo se reduzca a esas cosas que se dicen de seriosas, tan ordenadas y tan rígidas que olvidan el pulso de la vida. Además, decía Aurelio Gallo, legendario timador de lejanas historias, que la gracia de todo está en hacer de lo menos serio lo más serio, lo más visceral, lo más verdadero. Habrá que hacer malabares, correr pa’ acá, correr pa’ allá, equivocarse y volver, pero qué va, si hay cómo hacerlo pues se ha de hacer, sin escatimar ni dudar, por los juegos de la mente que limitan las posibilidades, aunque razón tenía este amigo que decía que cuando la mente se ve limitada, más creativa se pone, más suelta, más viva. Y siempre pasa así, en un lugar, con un lápiz, una hoja y la sola existencia, que ya es bastante, se abre la pregunta de qué se puede decir, a quién se le dice, desde dónde se dice. Y entonces la mente viaja, y viaja lejos, y se pierde, y se encuentra, y vuelve cargada de historias.
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