(2011)
Bien de mañanita, mis compañeras y yo nos deleitábamos de la gramínea cuneiforme que le habíamos ganado a los abejorros que ahora viven en el achapo vecino; tomábamos un delicioso polen que Ignacio había encontrado en un ecosistema humano. Sofía se estaba bañando en el río cuando, de repente, dio la alerta de que un humano alto, flaco y con bigote venía caminando por el mismísimo río, más temprano de lo acostumbrado.
“Vamos al avispero”, le dijo Sofía a las demás, con una cautela tal de que el humano que se aproximase no escuchara nada; así, todos, estando medio alerta, siguieron con el desayuno, compartiendo y dicharacheando sobre las aventuras de Ignacio en el ecosistema humano, a donde al parecer se ha ennoviado con una avispa ya domesticada.
La mamá de Ignacio no gustaba de esos amoríos, pues según ella las avispas domésticas se creían de mejor familia, de tanto alimentarse de polen de floreros, olvidaban a qué especie realmente pertenecían. A Ignacio eso no le importaba y declamaba versos de amor por su ahora prometida Avisparosita:
Avisparosita
Que escuchas mis latidos,
Me pongo guapo y ahorita
Te caigo en estampido
En esas se la pasaban las avispas del avispero mientras el humano seguía caminando por la mitad del arroyo, sin suponer mayor problema a la vida amigable y apacible del Avispero la Lindosa. Pero Sofía vio el momento y lo cuenta cada vez que refiere esta historia: “en que este hombre vio a su izquierda y divisó un camino, entonces cambió el rumbo y, como anunciando cada uno de sus pasos, Sofía salió volando a avisar al avispero, que de seguro ese humano alto y despistado tomaría el viejo camino sin regreso y su testa chocaría”.
Todo sucedió con tal suspenso que no saben en qué momento el desayuno de esa mañana casi se vuelve una tragedia, porque este estúpido hombre, no siendo conforme con no encontrar salida hacia el otro lado y sin siquiera intentarlo, se devolvió, y ahí fue cuando su cabeza rozó con la rama de la cual se sostenía el Avispero la Lindosa, haciendo caer a muchas justo a su cabeza; una cayó en su boca y la otra en el brazo.
Este desventurado comenzó a moverse como si hubiera sido nuestra culpa, lo que ocasionó que se soltara el aguijón; ay juelita, ahí sí fue peor, pues corrió hacia el río y empezó a pegarse con la camiseta buscando a unas que seguían engarzadas en su melena. No siéndole suficiente con el latigazo, se fue para el agua y se sumergió en ella, restregándose tanto que por fin soltó a Gina, Marcela y Sabrina, que habían pasado de un delicioso desayuno de polen a un pesadillesco acontecimiento de aguas y golpes.
Inmediatamente, el humano se fue por donde llegó, rápidamente y bastante adolorido. Las avispas quedaron aporreadas, aunque afortunadamente solo se reporta una víctima por causa del pastorejo que le pegó este hombre cuando tenía a Ferchis prendida de su cuerpo.
Siendo todo esto tan verídico, se los escribo y comunico, para que los humanos tengan constancia de que cuando dicen “uy, me picó una avispa”, es porque seguramente el humano se metió en la casa de las avispas; y así como la tal Avisparosita no puede quejarse si un día de estos cae por una de esas tales raquetas electrocutadoras, este guaimarón, flaco, alto y con bigote no tiene derecho a llorar, pues fue su despistadez la que lo llevó a que le hiciéramos una acupuntura de activación de sus canales energéticos, la cual a esta hora debe de estar disfrutando y arrepintiéndose de haber dado a Ferchis ese pastorejo que lo arrojó al agua.
El Avispero la Lindosa da constancia de la veracidad de estas letras y lo deja a consideración de todas las especies para que no vuelva a suceder ni a difamar de las avispas como lo hacen los humanos cada vez que una de nosotras le hace acupuntura en algún lado de su cuerpo. “Fíjense por dónde caminan, vuelan o nadan”, dependiendo de cómo es que se mueven: un mensaje del Avispero la Lindosa para todos los bichos del planeta.
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