sábado, 11 de abril de 2026

La Gran Fiesta

La fiesta perfecta. Primero que todo, aclaro que mis días del presente son más parecidos a un retiro espiritual, en el que interactúo de muchas maneras con mis hijitxs Tomás y Abril, pero que de vez en vez la búsqueda de avanzada me trae a vivir momentos diferentes, como una fiesta de preboda de mi prima Viki en Andrés Carne de Res de Cartagena.

Mucha cosa maja se sucedió anoche, agasajados los novios por un momento de éxtasis nocturno. Sucedió que en este lugar la música se pone a unos volúmenes de los cuales la gente familiar con la que me encontré y yo nos quejamos, o más bien no conectamos, por la estridencia del volumen. Válgame que fueron momentos extraños en los que unos familiares que no se ven desde hace décadas de repente se ven a los ojos y quieren hablar, pero no pueden porque la música suena a unos volúmenes en los que no se puede conversar. Toca gritar y fingir conversaciones que no pasan de los 45 segundos.

Me cuestiono fuertemente lo que concebimos como divertirse. No tengo nada en contra del éxtasis que produce soltar el cuerpo, el corazón y dilatar los juicios sociales que nos autoimponemos, y entrar en éxtasis con otros y otras. Buscar la existencia mediante el desatamiento de la mente y dejarse llevar por lo que la mente ya no pueda pensar. Eso es increíble. Como artista, soy más eso que un intérprete de la técnica: un canalizador de fuego y éxtasis kinésico.

Pero, en fin, todo esto solo para decir que la esencia de la fiesta es la conexión. Eso es lo que se celebra en la fiesta. Si hay conexión entre las personas, hay chance de celebrar desde la espontaneidad. Una música muy dura evita la conexión: no se pueden escuchar las palabras.

Me sorprende que en un lugar como ese, donde se espera un conocimiento más avanzado en las artes del divertir, no se tengan ciertas cosas claras. La gente se divierte porque siente que hace lo que quiere. Eso no solo se logra con meseros que exageran las maneras de lo que se considera como buena atención, sino también a través de la aplicación de principios universales de la naturaleza. La naturaleza de la fiesta es el ritual, ese mismo del que hablan cientos de antropólogos. Claude Lévi-Strauss y Johan Huizinga, quien lo denomina el “círculo mágico”.

Está de moda hablar mal de este restaurante tan afamado, pero yo lo que voy a hacer es ayudarlos a que descubran las mieles del éxito evitando la estridencia y promoviendo la conexión auténtica entre los hombres y las mujeres que se ven una noche de juergas, con ánimo de juerga, de pasarla bacano.

Bajarle a la música es dejar que las personas se tomen más en serio lo que hacen durante el movimiento del merengue, el perreo del reguetón y el poguito de saltar y saltar con el rock. Lo que sucede en la fiesta, por medio de esa expresividad espontánea, es la manifestación del gusto, lo que culturalmente la experiencia reproduce. La reproducción de la que habla el sociólogo y amigo imaginario Pierre Bourdieu.

Y bueno… aunque no parezcan mis artes más cercanas, la farra ha sido lo mío. No en cantidad, sino en calidad. La farra puede ser más divertida cuando no se está en contra de los principios de la naturaleza. Exagerar el volumen en una farra no ayuda a la farra; antes la apaga y manifiesta un sentido egoísta de lo que consideramos es divertirse. En fin, llamémosle a esto filosofía de la farra o alguna otra ciencia constitutiva de todo eso que llamamos vida, de lo cual la farra es y merece ser un punto de mayor importancia.

La fiesta es intergeneracional. Si eso se tiene claro, se ha hecho gran parte de la tarea. Hay jóvenes de 18, 25, de cuarenta y tantos, sesenta y tantos, setenta y tantos. Las fiestas de los jóvenes son pagadas por los papás y las mamás. Ese es un secreto que no se agota solo poniendo los éxitos de ayer y hoy y luego rematando con su majestad el reguetón. Hay algo más en esa intergeneracionalidad que la supuesta fiesta de Andrés no ve, no lo conoce, a pesar de que son expertos en eso: en que la gente conviva junta por un rato y se sienta bien acompañada.

Dejo claro, estimades leyentes, que no salí de un salón y solo le di una mirada fugaz a una terraza donde la gente parecía compartir, pero yo estaba no en Andrés como tal, sino en una preboda en Andrés; por lo tanto, si quería compartir con la gran familia, debía estar ahí.

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